En 1945, la primera persona que sobrevivió gracias a un riñón artificial era una presa acusada de colaborar con los nazis. Esta es la historia del dilema que enfrentó Willem Kolff y del principio que nos dejó.
En septiembre de 1945, en un pequeño hospital de Holanda, una mujer de 67 años despertó de un coma que la estaba matando. Fue la primera persona en la historia que sobrevivió gracias a la diálisis.
Pero no era una paciente cualquiera. Estaba presa, acusada de haber colaborado con los nazis durante la ocupación. Y el médico que la salvó había pasado la guerra escondiendo a personas perseguidas por ellos.
Esta es la historia de esa paciente, de ese médico y de una pregunta que la medicina sigue respondiendo hoy: ¿a quién le toca ser salvado?
Willem Kolff era un médico joven en un hospital pequeño de Kampen, en plena ocupación alemana. Allí construyó el primer riñón artificial con lo que encontró: tripa de salchicha de celofán enrollada en un tambor, latas de jugo y piezas de una lavadora vieja.
La idea era sencilla. La sangre pasaba por el celofán, que dejaba salir las toxinas pequeñas hacia un líquido de lavado, pero no las células ni las proteínas.
La realidad fue cruel. Desde 1943, Kolff conectó a su máquina a unos quince pacientes. Todos murieron.
Se llamaba Sofia Maria Schafstadt. Había sido miembro del NSB, el partido nazi holandés. Terminada la guerra, estaba encerrada en el cuartel de Kampen, acusada de colaborar con el enemigo.
Allí enfermó. Sus riñones dejaron de funcionar: ya no producía orina y cayó en coma. En 1945, eso era casi una sentencia de muerte.
La llevaron al hospital donde trabajaba Kolff. Y él tenía que decidir si la conectaba a la máquina.
Durante la ocupación, Kolff había trabajado con la resistencia holandesa. Ayudó a esconder a unas 800 personas que los nazis buscaban para mandarlas a campos de trabajo forzado.
Ahora tenía en sus manos a alguien del otro bando. Y mucha gente no quería que la salvara. Años después, el propio Kolff lo contó así: a muchos de sus compatriotas les habría gustado retorcerle el cuello.
Su respuesta fue una sola frase:
"Mi deber no es retorcerle el cuello, sino tratarla."— Willem Kolff · entrevista con la Academy of Achievement (traducción)
El 11 de septiembre de 1945, Kolff la conectó a su máquina. El tratamiento duró más de once horas. Su sangre dio vueltas y vueltas por el tambor: en total pasaron unos 80 litros, y se le sacaron 60 gramos de urea.
Poco a poco abrió los ojos. Según contó Kolff, una de las primeras cosas que dijo fue que se iba a divorciar de su marido. Y lo hizo.
Sus riñones volvieron a producir orina y en una semana funcionaban de nuevo. La diálisis no la curó: la mantuvo viva el tiempo suficiente para que sus propios riñones se recuperaran. Vivió varios años más y murió por causas que no tenían que ver con sus riñones.
Décadas después, Kolff seguía pensando lo mismo. Para él la lección era clara: hay que tratar a los pacientes cuando necesitan ayuda, aunque no nos caigan bien.
Y la diálisis pronto puso ese principio a prueba. A principios de los años 60, en Seattle, había muchos más pacientes que máquinas. Un comité de siete personas —un abogado, un pastor, un banquero, un ama de casa, un funcionario, un líder sindical y un cirujano— decidía quién recibía el tratamiento.
Juzgaban el «valor social» de cada candidato: su trabajo, sus ingresos, su familia, si iba a la iglesia. En 1962 la revista Life lo contó con un título que se hizo famoso: «Ellos deciden quién vive y quién muere». Más tarde lo llamaron el Comité de Dios.
Kolff se opuso con toda su fuerza a esos comités. Hoy la ética médica le da la razón. La Declaración de Ginebra de la Asociación Médica Mundial, el juramento del médico moderno, pide no permitir que la edad, la religión, la nacionalidad, la afiliación política o la posición social se interpongan entre el deber y el paciente.
¿Y tú qué harías? Imagina que eres Kolff en 1945. Tienes una sola máquina, nadie ha sobrevivido todavía, y la paciente que llega colaboró con quienes persiguieron a tu gente. ¿La conectas?
Kolff eligió tratarla. Y con ella, la diálisis salvó su primera vida: hoy mantiene vivas a millones de personas en todo el mundo.
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